LUCAS CARABAJAL: EL SACRIFICIO DETRÁS DEL SUEÑO DE LLEGAR AL TC

IMAGEN: Lucas Carabajal / GF STUDIO

Algunas historias no se cuentan solo por sus resultados, sino por todo lo que las hizo posibles: decisiones tempranas, sacrificios familiares, errores, pausas obligadas y la capacidad de volver cuando parecía que el tren ya había pasado.

La historia de Lucas Carabajal es una de esas. Hoy, como piloto de Turismo Carretera, su nombre marca presencia en la máxima categoría del automovilismo argentino. Pero su camino no fue lineal ni sencillo: fue, como él mismo lo define, una construcción sostenida en una sola palabra:

“Esfuerzo”.

Los inicios que marcaron el camino

El primer contacto de Carabajal con el automovilismo no fue arriba de un auto, sino al costado de la pista. Acompañando a su papá, que corría de manera amateur, desde muy chico. Tenía apenas 3 o 4 años y ya sabía que ese era su lugar: el momento que más disfrutaba. Nadie tenía que retarlo ni insistirle; él solo se preparaba, se ponía sus lentes, la gorrita para atrás y se iba con su papá para el autódromo, sin dudarlo.

“Yo era de esos nenes loquitos de las carreras. Andaba por todos lados, entendía todo, todo el mundo me conocía. Me volvía loco ir al autódromo”.

Ese entusiasmo tuvo un primer intento en el karting a los 6 años, que no salió como esperaba. Después vinieron otros caminos: probó con el fútbol, el tenis y distintos deportes. Pero nada terminaba de engancharlo de la misma manera. Lo suyo, en el fondo, seguía estando en el mismo lugar.

Por eso, a los nueve años volvió a insistir, esta vez con una convicción distinta: mirar carreras todo el día, aprender nombres, entender categorías, meterse de lleno en ese mundo que ya sentía propio.

El karting terminó siendo el verdadero punto de partida. Primero como aprendizaje, después como algo mucho más serio. Hasta que llegó una charla que cambió todo.

A los 11 años, después de un año y medio compitiendo, su papá le planteó algo claro:

“Si lo queremos hacer bien, hay que gastarse todo, vas a tener que ir a Buenos Aires solo, si tenés que ir 15 dias a hacer pre temporada vas a tener que ir…”.

Lucas entendió en ese momento todo lo que eso implicaba: el esfuerzo de su familia, cada sacrificio que iban a hacer para que su carrera avanzara, y el papel clave de su hermana, que nunca se quejó, y por el contrario siempre estuvo a su lado, acompañando, para que él pudiera dedicarse de lleno a las carreras.

A los 13 años se mudó a Córdoba junto a su hermana, que estudiaba ahí. Instalado en Córdoba podía entrenar con regularidad, aprovechar otras oportunidades y viajar a Buenos Aires los fines de semana con mayor facilidad.

“Mi papá me dijo: si querés, podés irte a vivir con tu hermana. Y yo dije que sí”.

Lejos de su casa, Lucas tuvo que aprender a manejarse solo:

“En Córdoba me tenía que levantar solo, ir al colegio solo, hacer todo solo. No era lo mismo que en Chaco”.

A los 16, dio otro salto todavía más grande: se instaló solo en Buenos Aires. La idea era que viniera con su hermana, pero en ese momento no se pudo, así que tuvo que hacerlo por su cuenta. Fue un año duro de aprendizaje, donde la organización, la responsabilidad y la resolución de cada detalle de la vida cotidiana se volvieron tan importantes como lo que pasaba en la pista.

Así, entre decisiones difíciles, sacrificios y una convicción que nunca aflojó, su camino se fue armando paso a paso. Mucho antes de llegar a la máxima categoría, ya había una historia construida.

Del karting al auto de carrera

Después del karting, Lucas tuvo un breve paso por la Fórmula 4, donde debutó profesionalmente y compitió en la Fórmula 4 Nueva Generación, antes de enfocarse de lleno en los autos con techo.

“Sabía que a la larga iba a terminar en un auto con techo, entonces decidí ir directo para ese lado”.

En 2016 desembarcó en el Turismo Pista, primero en Clase 1 y, al año siguiente, pasó a Clase 2, donde empezó a demostrar su potencial.

Para 2017 ya estaba en condiciones de pelear el campeonato: ganaba carreras, era competitivo y se hacía notar en cada fin de semana de carrera. Pero también empezaba a sentirse una sensación incómoda.

“Sentía que estaba perdiendo tiempo. Mi camada ya estaba dos o tres pasos más adelante”.

En ese contexto apareció una oportunidad que podía cambiar su carrera, y llegó de manera inesperada.

“Un día un conocido mío que me crucé en el autódromo dijo: ‘a este lo tenés que subir en el auto que tenés parado’, que era un Pista Mouras. Yo lo escuché y pensé: ¿cómo hago si no tengo plata?”.

“Hablé con mi papá y le dije: es la única oportunidad que tengo de llegar al TC”.

La oportunidad igual apareció, no por casualidad, sino por el apoyo de su familia y un padre que siempre estuvo al lado suyo hasta donde pudo, ajustando cada gasto, reorganizando prioridades y bancando cada decisión difícil para que Lucas pudiera seguir creciendo. Fueron esas primeras carreras en el TC Pista Mouras, el primer escalón de la ACTC, donde Lucas entendió lo que significaba dar ese paso y lo que había en juego.

Los resultados fueron inmediatos: podio en la segunda carrera y victoria en la tercera, demostrando que no iba a pasar desapercibido.

En 2018 se consagró subcampeón del TC Pista Mouras, consolidándose como un piloto con proyección dentro de la ACTC y demostrando que su llegada no había sido casualidad.

Con esos resultados, dio el salto al TC Mouras.

El error, la caída y el momento más difícil

Cuando su carrera empezaba a ordenarse, hubo una decisión que lo puso contra las cuerdas.

“Me mandé una macana de pendejo, de calentón. Tendría que haber esperado”.

Se fue de un equipo sin tener una estructura armada detrás. Y poco después perdió un sponsor clave.

“Se me vino el mundo abajo”.

Intentó sostenerse como pudo, pero el desgaste fue total. La presión lo desbordó, tanto dentro como fuera de la pista.

“Tenía 22 años y manejaba todo solo: equipos, plata, viajes. Era mucho”.

Ese combo pasó factura en su rendimiento.

“Empecé a andar mal, me peleaba con todo el mundo, tenía la cabeza en otra cosa”.

Hasta que un día tomó una de las decisiones más difíciles que puede tomar un piloto:

“Llamé y dije: no corro más”.

Y así vino un año y medio afuera, sin competir, pero lejos de distanciarse del automovilismo comenzó a trabajar como coach de pilotos, siguiendo cerca de la pista, pero sin subirse a un auto.

“Me costó mucho. Sufría mucho, pero era lo que necesitaba para vivir”.

Ese parate le dio un respiro, una pausa que, sin saberlo, le hacía falta para reencontrarse con lo que realmente quería, y le permitió volver con otra cabeza cuando la oportunidad apareció de nuevo.

IMAGEN: Lucas Carabajal / GF STUDIO

Aprender desde abajo para volver mejor

Ese tiempo lejos de la pista no fue en vano; todo lo contrario, fue un período de aprendizaje que le dio herramientas que antes no tenía. Aprendió más sobre telemetría, a entender más la data, a trabajar con ingenieros y mecánicos, y a entender el auto desde otra perspectiva, quizás más técnica y estratégica.

“Hoy doy una vuelta y sé qué tocar para mejorar. Antes eso no lo tenía tan claro”.

Pero ese no fue el único aprendizaje, también entendió la importancia de saber controlar la cabeza. Retomó terapia y empezó con una psicóloga deportiva, para soportar la presión, y tomar decisiones con claridad dentro del auto.

“La parte mental es 100% importante”.

Aprender a gestionar emociones, la frustración, la ansiedad antes y durante la carrera, y la manera de acompañar a los pilotos que estaba entrenando, le enseñó a ser más paciente, más analítico y más completo. Todo eso, sumado al conocimiento técnico, lo transformó.

Y cuando decidió volver, no era el mismo piloto que se había ido: había crecido en todos los frentes. Tenía más herramientas, más confianza y otra cabeza. Ahora entendía que competir no era solo subirse a un auto rápido, sino gestionar cada detalle para estar al 100% en la pista y fuera de la misma.


La oportunidad apareció en un lugar inesperado.


“En diciembre de 2024 me crucé con Juan Cruz de Moriatis Competición, a quienes ya conocía, en una cafetería y me dijo: ‘volvé y salí campeón del Mouras, dale. Dale que vamos al tc.”

El objetivo era claro, aunque en ese momento parecía una frase más, era mucho más que eso: era una chance concreta de volver a intentarlo de verdad.

Al principio lo dudó, pero a las semanas de esa charla ya le habían mandado una foto del techo del auto con su nombre pintado: no quedaba otra que ir para adelante. Era compromiso, era convicción, y era el reflejo de todo lo que había trabajado para estar ahí.

En 2025 volvió al TC Mouras, pero esta vez con algo distinto: continuidad, estructura y la tranquilidad de saber que podía planificar una temporada.

Desde el inicio ganó carreras, sumó podios y se mantuvo siempre cerca de la punta durante todo el año, marcando el paso desde las primeras fechas.

La definición fue en La Plata, mano a mano con uno de los grandes aspirantes al título, casi igualados en puntos y con cero margen de error. Y respondió como lo hacen los que saben hacia donde van: ganó la serie, ganó la final y se quedó con el campeonato del TC Mouras 2025.

Ese título no fue solo un logro deportivo. Fue la validación de todo un proceso. Porque no empezó en esa carrera. Empezó cuando decidió volver. Empezó en la pausa, en el aprendizaje fuera de la pista, el trabajo con su psicóloga y en todas esas pequeñas batallas que le enseñaron a ser mejor piloto.

Lo que vivió en 2025 no fue un destino, sino la recompensa a haber elegido volver con más herramientas, más calma y otra cabeza. Fue la demostración de que, después de equivocarse, parar, crecer y volver, todavía se puede escribir la mejor parte de una historia.


El TC: otra exigencia, otro mundo

El salto al Turismo Carretera implica otro nivel en todo sentido. No solo por la competencia, sino por la cantidad de autos, la intensidad de cada fin de semana y la exigencia de la categoría más histórica y competitiva del automovilismo argentino.

“Pasé de correr con 15 autos a correr con casi 60. Y si tenés un fin de semana malo, quedás 40”.

Y también cambia la manera de manejar.

Pero la adaptación fue rápida: desde su debut en Viedma con el Ford Mustang del DTA Racing, Lucas mostró una manera de correr que sorprendió a quienes todavía no tenían muy en claro que clase de piloto era. En esa carrera, avanzó con determinación entre varias vueltas y dejó la certeza de que estaba encontrando su lugar en la categoría.

Pero el TC también tiene su costado duro. En Neuquén, vivió uno de los momentos más complicados de su reciente etapa en la máxima: quedó involucrado en un accidente múltiple en medio del pelotón.

“Nunca me había pasado. Me empezaron a pegar de todos lados. Fue una sensación muy fea”.

Aún así, incluso en ese contexto difícil, el balance que hace de su primer tramo en el Turismo Carretera sigue siendo positivo: cada vuelta y cada resultado son parte de un aprendizaje que lo está ayudando a crecer como piloto en la categoría más exigente del país.


El sentido del camino

Para cerrar la entrevista, le preguntamos qué le diría a Lucas de 9 años, al chico que soñaba con correr y aún no sabía todo lo que iba a venir. Su respuesta fue sincera y llena de reflexión:

“Que no todo va a ser color de rosa. Que no es como uno cree cuando es chico. Pero que hay que seguir, porque en algún momento se acomoda”.

Ahí está, quizás, la clave de toda su historia. No está en haber llegado al Turismo Carretera, sino en todo lo que hizo falta para llegar: las decisiones difíciles, los sacrificios, el aprendizaje fuera de la pista, la constancia y la paciencia.

En un deporte donde muchas veces el camino depende de factores que van más allá del talento, Lucas Carabajal logró sostenerse lo suficiente como para que, finalmente, su momento llegara.

Y cuando llegó, no fue casualidad.

Fue esfuerzo. Fue perseverancia. Fue talento que esperó y encontró el momento de ser reconocido. Fue toda una vida de carreras, adentro y afuera del auto.

Y esto es apenas el principio para un piloto con muñeca y talento de sobra.

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