OTTO FRITZLER: “LA PRESIÓN ME LA PONGO YO”
Mano a mano con uno de los protagonistas de LA TEMPORADA 2026 del TC
Nos encontramos con Otto Fritzler en un cafecito de Bella Vista, provincia de Buenos Aires, cerca de su San Miguel natal. Antes de meternos de lleno en el tema de los autos, las carreras o los proyectos para este año, la charla se va sola para otro lado: la familia. Cuenta que su papá tiene una panadería a unas cuadras y que, gracias a ese negocio, pudieron bancarle el karting cuando era chico. Desde ahí, casi sin querer, la conversación deriva a sus inicios en este deporte.
Para Otto todo arrancó a los seis años, la primera vez que se subió a un karting. A los nueve ya estaba corriendo su primera carrera. En ese momento no había grandes planes ni proyecciones: corría porque le gustaba. El karting convivía con el colegio y con el fútbol, más como un premio que como una obligación. “Era el hobby si me portaba bien y si me iba bien en el colegio”, recuerda. Durante mucho tiempo fue así: correr, divertirse y aprender, sin pensar demasiado en qué vendría después.
Con los años, algo empezó a cambiar. Otto marca los viajes y las carreras afuera como su primer punto de quiebre. Los mundiales de karting, la exigencia de entrenar más y la necesidad de empezar a juntar presupuesto. “Nunca pensando hasta ahí en que iba a vivir de esto, pero sí dándole un poco más de importancia”, explica. Todavía no era una decisión de vida, pero ya no era solo correr por correr.
El clic definitivo llegó a los 16 años, con el salto al Pista Mouras. Ahí la charla se vuelve más seria. Ya no alcanzaba con manejar bien: había que sentarse a hablar con la familia y poner las cartas sobre la mesa. “Mi viejo me dijo: mirá, se necesita mucha plata. La salimos a juntar, no hay problema, ¿pero qué querés hacer?”. Otto no duda cuando recuerda esa conversación: “Yo estaba convencido totalmente. Quería hacerlo”. Desde ese momento, el automovilismo empezó a pensarse como un proyecto de vida.
Pero los cambios se dieron en todos los ámbitos. Y empezaron a aparecer las renuncias. Que no fueron pocas. De chico le costó: cumpleaños que se perdía, propios y de amigos, fines de semana lejos de casa, viajes cuando sus amigos tenían planes a los que no podía sumarse. “Yo soy recontra amiguero, pero mal, y de chiquito era un sufrimiento para mí”, recuerda. Cosas que con el tiempo se aprenden a bancar, pero que cuando tenés once o doce años pesan de verdad.
A medida que el proyecto se volvía más claro, las decisiones se aceptaron de otra manera. El deportista gana mucho, pero también sacrifica gran parte de su vida por esa pasión.
El dinero aparece como un tema inevitable. Otto no lo esquiva. Cuando se le pregunta qué consejo le daría a los chicos que sueñan con empezar pero se frenan por el presupuesto, no vende atajos: “Cuando recién empezás en karting nadie te conoce, nadie sabe si tenés talento, si sos responsable o si vas a durar. Tenés que esforzarte mucho. Ahí el empuje familiar es importantísimo, pero la etapa de karting es muy esencial, no hay que salteársela”.
Habla de esfuerzo y responsabilidad, pero subraya una palabra clave: insistir. Cuenta que desde sus primeros años en las categorías formativas se topó con muchos “no”. Fue una época de mucha ruta. Muchísima. Kilómetros y kilómetros por todo el país buscando sponsors. “He viajado mil y pico de kilómetros en un solo día para volverme con las manos vacías”, cuenta. Reuniones que no prosperaban, llamados que no llegaban y la sensación constante de estar quedándose atrás. Pero no había otra que seguir insistiendo.
“Nos gustás mucho como piloto, pero si no juntás tanta plata llamamos a otro”, llegó a escuchar. Habla desde la experiencia de alguien que se hizo a fuerza de trabajo y paciencia, y resume: “Hay que moverse, buscar sponsors, laburar mucho, entrenar, cuidar la imagen y ser lo más profesional posible”.
Esa mezcla de perseverancia, disciplina y pasión es lo que hoy lo convierte en un ejemplo.
El punto fuerte llega en 2022, cuando se consagra campeón de TC Pista, con protagonismo sostenido durante toda la temporada. Ese título marca un antes y un después: ya no es promesa, es presente. Al año siguiente debuta en Turismo Carretera con el equipo de Moriatis Competición, equipo que lo había acompañado en gran parte de las categorías formativas. Ahí logra su primera victoria en la máxima y confirma que su adaptación sería rápida.
Más tarde se suma a Pradecon Racing, dentro de un proyecto que le exige otro nivel de regularidad y exposición. En ese contexto llegan carreras que lo ponen definitivamente en el centro de la escena, como la victoria en Posadas, donde se impone y le arrebata la pole a nada menos que Agustín Canapino, campeón vigente, reforzando su nombre dentro de la categoría.
En ese momento llega el contacto de Mercedes Benz. La llamada lo agarra en el receso de mitad de año y de vacaciones, con un número que figuraba como “desconocido”. “Nunca atiendo números desconocidos. Ese día atendí de milagro”, dice. Del otro lado, un directivo de la marca alemana le pregunta si estaba interesado en tener unas primeras charlas. Antes de avanzar, sabía que tenía que volver a Buenos Aires y hablarlo con Pradecon, el equipo al que considera como una familia dentro del automovilismo. “Habiendo tantos nombres dando vueltas, que me hayan tenido en cuenta a mí ya era algo muy importante”.
Cuando se le pregunta si correr representando a una marca como Mercedes influye en su desempeño, es claro: no cambia su forma de correr, pero sí pone en palabras algo que ya estaba. Porque la presión, para Otto, nunca llega desde afuera. “La presión me la pongo yo”, asegura. Desde siempre corrió sabiendo que no hay margen: romper cuesta caro y cada oportunidad hay que sostenerla con resultados. No porque alguien se lo exija, sino porque así entiende el camino que eligió.
Esa autoexigencia se filtra en todo. “Soy insoportable conmigo”, admite. Recuerda una carrera ganada en TC Pista en la que terminó llorando en el viaje de regreso. Su papá lo miraba sin entender nada. Él lo explica: “Era una presión interna enorme, pero no de su parte, era mía”. Nunca sintió exigencias externas; al contrario, siempre contó con el apoyo de la familia. Pero tenía claro a dónde quería llegar y estaba dispuesto a darlo todo en el camino.
Esa disciplina también aparece cuando define qué es, para él, un buen piloto. No se trata solo de manejar bien. Habla de profesionalismo, constancia, y de entender que hoy la imagen también forma parte del trabajo. “Podés ser muy bueno manejando, pero si abajo del auto no actuás con profesionalismo, terminás no siendo un buen ejemplo”.
A eso se suma lo innato: talento, sensibilidad y capacidad de adaptación. Pero si no aparece de entrada, asegura que se puede trabajar. “Hay pilotos que llegaron a fuerza de sacrificio, pruebas y ganas de mejorar”.
Y por último, pero no menos importante, la cabeza. “Si te desesperás, por más talento que tengas, no te va a ir bien”. Esa forma de pararse frente al automovilismo no se construyó de golpe: viene de años de exigirse al límite, de aprender a no equivocarse y de entrenar la mente incluso cuando nadie estaba mirando.
El camino todavía continúa. Hay etapas por atravesar. Pero el carácter ya estaba ahí mucho antes de que alguien se preguntara hasta dónde podía llegar.

